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Viviana Rantul abre las puertas de «El tapiz honra la poética imaginaria  del maestro Santos Chávez»

viernes, 8 de noviembre @ 12:00 - 13:00

Gratuito

En la sala Pinacoteca hasta el sábado 30 de noviembre.

El arte Mapuche Actual es un tema que mueve a los artistas mapuche del siglo XXI, pues a través de disciplinas artísticas no tradicionales, podemos manifestar nuestra identidad, nuestro sentir, nuestra pertenencia, nuestro punto de vista, nuestro reconocimiento.

Las textileras de Purranque también trabajamos las obras de gran formato que señalan la existencia y presencia de nuestro pueblo en la historia del territorio que habitamos. Así, también somos capaces de reconocer el trabajo y aportes de nuestro lamuen (hermanos del pueblo) que destacan por la belleza de sus obras. En este caso hemos querido reconocer al gran Grabador Santos Chavez Alister, que con simples trazos logra transmitir el espacio que habitó junto a la cordillera de Nahuelbuta, las gentes que conoció, los personajes de nuestra historia.

Nosotras las textileras de Purranque reconocemos el aporte a la memoria de nuestro pueblo Mapuche a través de su obra y queremos compartirla y proyectarla a través de lo que mejor sabemos: el tejido de tapices en la técnica precolombina de trama discontinua.

Se han seleccionado 7 obras del maestro Santos, cada una ampliada y tejida en una dimensión de más menos 2 x 3 mts, según su proporción. Esto se trabajó desde el mes de marzo hasta casi fines de octubre, meses de riguroso trabajo, pues lo que esta técnica requiere para la ejecución para obras de esta envergadura.

RESEÑA DEL MAESTRO SANTOS CHAVEZ

Santos Segundo Chávez Alister nació el 7 de febrero de 1934 en la Provincia de Arauco, Tirúa y creció en Canihual, un pequeño pueblo rodeado por bosques milenarios de araucarias y praderas verdes, donde los ríos y caminos bajan de la Cordillera de Nahuelbuta al Océano Pacifico. La naturaleza indómita de su pueblo determinó su imaginario y trabajo. Cada hoja, cada animal, cada montaña de Arauco son las protagonistas de su lenguaje estético y atraviesan toda su obra y propuesta.

A los doce años se dedicó al pastoreo de cabras y labranza de la tierra para ayudar económicamente a sus siete hermanos. Estas cabras pasaron a formar parte de una orquesta mayor donde los saltos se transformaban en vuelos, el macizo de la cordillera en un paredón o el sol en una bola de fuego roja en un universo principalmente monocromático y pese a que no se le permitió educarse en la tradición mapuche, diría en una entrevista más adelante: “Trato de expresar la raza, lo poco que nos va quedando de americano. Soy un araucano que trata de universalizar el sentimiento de la gente sencilla˝.

A los catorce años de edad, se trasladó a Concepción donde empezó a trabajar de día y estudiar de noche.

En 1958 se ganó una beca para ingresar a estudiar en la Sociedad de Bellas Artes de Concepción dirigida por Tote Peralta.

A través de Escamez, Santos Chávez conoció el muralismo mexicano, estética que lo influirá profundamente durante sus primeros años.

En 1960 se trasladó a Santiago, donde se reencontró con Pedro Millar, artista que conoció en Concepción, quien lo llevó a la mejor escuela de artes de la época: el Taller 99, espacio de oficio y formación informal, basado en la libertad de creación y guiado por Nemesio Antúnez y Julio Escamez.

En la década de los ’60 Santos Chávez formó parte de un grupo de artistas que revitalizó el grabado con un lenguaje más vinculado a lo estético con raíces nacionales, que a lo ideológico. Con características propias, esta generación dio forma a un grabado propiamente chileno con sustrato popular.

En 1966, ganó el premio Andrés Bello otorgado por la Universidad de Chile, que le permitió elegir una beca a cualquier parte del mundo. Chávez, amante de la estética muralista, eligió México para conocer la obra de José Clemente Orozco.

En México trabajo en el taller de Fray Servando, principal discípulo de Orozco. Al poco tiempo fue invitado a exponer sus grados en la Universidad de Stanford de California.

Realizó pasantías en el Prall Graph Center en Nueva York y luego en el Instituto de las Artes en Chicago, donde recibió el premio Grace.

En 1968 ganó el primer premio de la III Bienal Internacional de Grabado en Chile y al año siguiente recibió una mención honrosa en la Tercera Bienal de grabado de la Casa de las Américas de la Habana.

En 1967 expuso obras en la Casa de la Paz de la Ciudad de México, en la Sociedad Renaissance de la Universidad de Chicago de Estados Unidos y en 1969 en la Sala Latinoamericana de la Universidad de Concepción en Chile.

Santos ChávezDurante esta etapa se puso de manifiesto la fuerza expresiva de su patrimonio afectivo ligado a la geografía de Arauco con sus silencios y movimientos que se transfiguraban en cada línea y curva de sus paisajes gráficos. A través de las degradaciones del negro y el blanco determinaba las luces, definía contornos y otorgaba volumen y movimiento a su repertorio visual.

Hacia 1970 volvió a Chile  y se unió a la brigada de muralistas y realizó un mural en la UNCTAD III (ahora GAM) y otro en el frontis del Sindicato de Suplementeros en la calle San Francisco, obras que actualmente ya no existen.

A través de los murales, Santos Chávez se unió a la búsqueda por extender la recepción de las obras hacia un público masivo, intentando que el arte penetrara de manera transversal en todo el cuerpo social del país: “mi obra no es realismo, es armonía, es sentido, es simbolismo y es poesía˝.

En 1977 fue invitado a formar parte de una exposición oficial “patriótica˝ que la Junta Militar realizo en Argentina. Santos Chávez, luego de rechazar esta invitación, decidió irse del país.

Ahí comenzó un difícil peregrinar; trató de instalarse en Venezuela, pero decidió cruzar el Atlántico y deambular por Europa en precarias condiciones durante cuatro años.

Pese a esto, en 1978, expuso en la Graphic Work Shop y en la Casa de la Cultura, en Estocolmo.

En 1982 se estableció en la República Federal Alemana, invitado a realizar una retrospectiva. Durante este periodo, intercalaba su trabajo como mozo durante el día y grababa de noche.

Meses después el cambio provino del otro lado del muro. Desde Berlín del Este le propusieron realizar una exposición individual y formar parte de la Asociación Nacional de Artistas. A partir de entonces comenzaba una nueva etapa de su vida en Europa.

Pese a conocer y vivir en distintas culturas Santos Chávez, nunca dejo de representar a su tierra, sus paisajes y habitantes. Representar al pueblo araucano es lo que me sale natural. Cuando salí al extranjero ya tenía una formación del mundo que quería representar”. Su mundo era figurativo y las formas se simplificaban en planos que se superponían unos a otros. Los protagonistas eran personajes míticos (como Lautaro), otros comunes y sin nombre como el conjunto de mujeres desnudas que recostadas sobre la tierra, hacen de sus pechos las montañas o los hombres que cabalgan con un sol rojo de fondo.

En 1981 conoció a Eva, profesora alemana de espíritu crítico y austero. Junto al amor de Eva, Chávez encontró un marco y la estructura para proyectar su obra. Ella se enamoró de él y de su trabajo y, además de ayudarlo a difundirlo, también lo impulso a profesionalizarse.

En 1994 regresa definitivamente a Chile junto con a Eva, se reintegró al Taller 99 donde conoció a jóvenes artistas con los cuales trabajó e intercambio experiencias. Conoció a otros artistas mapuche con quienes entabló una linda amistad y concretó colaboraciones conjuntas. Le inspiraba la poesía de Elicura Chihuailaf y Lionel Lienlaf y realizaba frecuentes viajes a las reducciones y a los pueblos del sur. Su vínculo con su origen se potenció y continuó grabando “la presencia del pueblo araucano para que no se olvide su cultura, su existencia, su realidad y sus esperanzas”.

2000 recibió el Premio Altazor de las Artes Nacionales; expuso una retrospectiva en el Museo Pascual Baburizza en Valparaíso y fue nombrado Hijo Ilustre de la Municipalidad de Tirúa. De manera póstuma, en el año 2015, jóvenes artistas de Temuco realizaron seis de sus grabados en Tirúa con la técnica de mosaico, lo que fue documentado en un cortometraje.

Tras una larga batalla contra el cáncer desde su casa en Reñaca, en la madrugada del 2 de enero de 2001, murió acompañado por su mujer, dejando un legado de más de mil obras entre grabados, acuarelas, portadas de libros, ilustraciones interiores y caratulas para discos.

El trabajo de Santos Chávez no tuvo seguidores ni discípulos que aprendieran de su técnica e imaginario estético, que, tal vez, era imposible de traspasar. En este marco de originalidad su obra se inscribe en esa tradición artística chilena entre innovación y patrimonio que da carácter al arte popular chileno, en la misma línea en la que se encuentra la Lira Popular o las artesanas de Rali.

Santos Chávez configuró a través de su obra una identidad basada en la reiteración de un relato. Su constante reminiscencia hacia el origen, dio paso a una historia que bien puede convertirse en leyenda. En este sentido Santos Chávez fue un mediador, capaz de generar un sincretismo personal a través del cual convive su memoria indígena con su vida occidental.

Develar en lo mínimo lo particular de lo cotidiano y rescatar en cada trazo su memoria, la de sus padres y la de sus abuelos hace posible una convergencia cultural que le permite configurar su propia historia. En este sentido su originalidad radica justamente en eso; en su capacidad reiterada de “volver al origen”, serle fiel y retratar lo que verdaderamente conoce. De esta manera Santos Chávez termina de modelar un mito: su propio mito.

Detalles

Fecha:
viernes, 8 de noviembre
Hora:
12:00 - 13:00
Precio:
Gratuito
Categoría del Evento:

Lugar

Quillota 116
Puerto Montt, Chile